domingo, 15 de junio de 2008

SOLBES











SOLBES, LOS LAPSUS Y LOS TRABALENGUAS


En un súbito arranque de desesperación, o de sin­ceridad, o de vergüenza, el vicepresidente Solbes ha dicho, por fin, «crisis», con absoluta clari­dad y sin comerse ni una letra. Si Solbes ha decidido dar la cara después de haberle echado tanta jeta, es por­que los hechos son tozudos —ya lo advertía el camarada Lenin— y tienen, además, muy mala leche. El res­ponsable de las cuentas sabe (lo ha sabido siempre) que ese cuento de hadas del optimismo patriótico que insis­te en colocarnos Rodríguez Zapatero puede acabar tan mal como el de la lechera. Lo mismo que no ignora que el principal intérprete de la farsa burlesca, el autor del libreto, el director de escena, el jefe de la claque, el attrezzista, el acomodador y el taquillero, se parecen mu­chísimo a ese señor que el señor Solbes se encuentra ca­da día cuando se mira en el espejo.

Él fue el que echó a rodar la bola, e lque trucó la báscula y falseó los pesos, el que afirmó que el terremoto era un tembleque, el que, amen de mentir, ela­boró el argumentario para que los de­más mintieran sin incurrir en titu­beos. Pero don Pedro Solbes, que, al cabo, es perro viejo, sabe que, en la politica española, los mentirosos reinan sobre el mentidero y que engañar al per­sonal, según el reglamento, ni tan siquiera es falta, si­no un lance del juego. Y si ha mentado la bicha a bote pronto, dejándolo caer, con la boca pequeña, es por cu­brirse las espaldas y porque no le hagan de memo. Me­terse en la piel del tonto útil (un papelón sobradamente acreditado en el «dramatis personae» de la izquierda) exige condiciones, vocación y madera. Véase el caso de doña Bibiana Aído, por poner una ejempla. Merced a sus desbarres idiomáticos y al desparpajo obsceno con que le da gusto a la lengua, la risa floja ha destensado las mandíbulas cuando ya se mascaba la tragedia. ¿Tonta? Quizá; pero, por el momento, dejémoslo en analfabeta. ¿Útil? Más que una llave inglesa.

El señor Solbes (que se ha prestado a todo —y a todos, por supuesto—, que ha comulgado con ruedas de molino y tragado con carros y carretas) no se presta a ejercer de tonto útil y prefiere «enmedalla» en vez de sostenella». O sea, que, aprovechando que el Pisuerga pasaba por la puerta del Congreso (porque los ríos, desde que tienen dueño, pasan de todo y por donde mejor convenga) ha roto el tabú, quebrantado los sellos, nombrado lo innombrable, violado el silencio. Crisis, ha dicho Solbes: una palabra al vuelo que ha dejado a los suyos a culo pajarero. El ex ministro Alonso, que, más que un portavoz, es la boca de ganso por la que habla Zapatero, se ha acogido al «lapsus» sin perder un momento. Otrora, los que se hallaban en apuros —bien fuesen culpables o inocentes— se acogían a sagrado en las iglesias, pero el señor Alonso, un «sans-culotte» del laicismo, prefiere lo del «lapsus», que, siendo un latinajo, le suena más moderno.

Alonso, en efecto, está que trina, que grazna y que gansea. Y hay que convenir, por no pecar de injustos, que le sobran motivos para ello. Porque, después de haber logrado sintetizar la coyuntura en un resplandeciente trabalenguas, la rajada de Solbes le ha puesto en evidencia. ¿Con qué va a despacharse en las ruedas de prensa? Mira que le ha costado soltarlo de corrido, sin trabucarse ni una pizca, sin ningún balbuceo: «La desaceleración se ha acelerado ¿Quién la desacelerará? El desacelerador que la desacelere buen desacelerador será». Áteme usted esa mosca por el rabo y los que quieran más que vuelvan. Claro que, si el guión se altera, huelgan los comentarios, huelgan los camioneros, huelgan los trabalenguas (está visto que aquí, o nos toman el pelo o nos sacan la lengua).

Aceptemos que Solbes es un “lapsus” (un “lapsus” de una pieza) pero lo de la crisis ni fue un “lapsus” ni un arrebato honesto. Fue la manera de recordarle al presidente que su estimado Sebastián, por muy zorro que sea, tendrá que contentarse con contemplar la parra y afirmar que las uvas todavía verdean.


Tomás Cuesta.