lunes, 5 de mayo de 2008

LA GUERRA DE ZAPATERO




NI PATRIA,

NI NACIÓN:

LA GUERRA DE

ZAPATERO.

El otro día, en Móstoles, el presidente del Gobier­no le hizo, sin querer, un cálido homenaje a la cul­tura francesa. Fue por casualidad, hay que insis­tir en ello, puesto que nuestro héroe lo único que sabe de los vecinos del primero (del primero derecha, por más señas) es que al vino le llaman «vin», al pan le llaman «pain» y, sólo por «xoder», como en el chiste del gallego, le llaman «fromage» al queso. Vamos, que se le puede acusar de cualquier cosa, pero llamarle afrancesado re­sulta improcedente. Antes, tendría que volver a los pupi­tres del colegio o contratar un profesor particular con cargo al presupuesto. O sea, que lo del homenaje es un decir (los ilustrados lo llamarían una hipérbole) para poner en suerte las palabras que dedicó al Bicentenario el señor Zapatero.

Algunos de entre ustedes habrán leído a George Pérec, autor de una novela magistral —«La vida: instrucciones de uso»— que revolucionó el panorama li­terario en la segunda mitad de los se­tenta. Judío por estirpe y parisino por nacencia, Pérec, era un «enfant terri­ble» con ribetes de genio al que la muer­te derribó en su mejor momento. Llega­dos a este punto (y agradeciendo, muy de veras, su infinita paciencia) el arri­ba firmante intentará explicar que pito toca ese «monsieur» en relación con el discurso mostoleño. La cosa es que Pérec, estilista y chuleta, en otro de sus libros («La desaparición»: casi trescientas páginas repletas de mis­terio), se impuso como norma el no emplear la letra «e» y cumplió el desafío al pie de la letra. Si enhebrar cua­tro párrafos con todas las vocales llega a ser un tormen­to, échale guindas al pavo si tienes que apañártelas eli­minando una del tintero. Pérec lo consiguió y ahí que­da eso. Quedaba, mejor dicho, puesto que, el dos de ma­yo, el señor Zapatero estuvo inmenso. Se colocó a la mis­ma altura de Pérec, o por encima, incluso, no le reste­mos méritos.

Pronunciar un discurso sobre la rebelión de un pueblo (primero el de Madrid, luego el de España entera) contra la máquina de picar carne más poderosa de la época y hacerlo constreñido a no usar dos palabras —la patria y la nación— en ningún momento, es un auténti­co «tour de forcé» conceptual, es el «rien ne va plus» del escaqueo, es ordeñar al máximo las ubres de la lengua. Una pieza de orfebre y hasta de museo: con menos cre­denciales se ingresa en la Academia. Coherencia, seño­res, coherencia; acaban de endilgarnos una lección de coherencia. El pacifismo antropológico que define y moldea la personalidad del presidente resulta incompa­tible con un hecho de guerra. Y es de cajón (de mico, por supuesto) que la aureola épica que rodea al Conflicto de la Independencia (donde esté un buen conflicto que se quite la guerra) se ha transformado en un telón de pur­purina que oculta los valores de la derecha extrema.

Esa España plural que preconiza Zapatero no se ins­pira en aquella que sepultaba a los gabachos en las cu­bas de vino de villorrios siniestros (pregunten por «la cuba del francés», porque en Castilla aún quedan). La patria y la nación son herrumbrosas lanzas que ni pin­chan ni cortan en un país moderno (lo de las herrumbro­sas lanzas fue una agudeza de Benet, el que quería devol­ver a Soltzhenitsyn a Siberia). La nación de naciones, por lo tanto, es lo que nos vertebra y, en cuanto al patrio­tismo, vamos que nos matamos (o que nos matan, si se tercia) con el que se despacha en las taquillas periféri­cas. Ni patria, ni nación. Que por ahí se empieza y se ter­mina por calar las bayonetas.

En un pasaje de la «Meditación de El Escorial» (cita­do por el profesor Martínez Ruiz al abordar las claves que conectan 1808 con la crisis europea) Ortega y Gas-set comenta una supuesta exclamación de Nietzsche que viene de perillas con la que está cayendo: «¡Los es­pañoles! ¡Los españoles! ¡Querer ser demasiado ha sido su tragedia!». Hace doscientos años, en efecto, los espa­ñoles se empeñaron en no dejar de serlo y pagaron con sangre tamaño atrevimiento. ¿Querían demasiado? En opinión de Zapatero, el sucesor de George Pérec, probablemente.

Tomás Cuesta

Fallecimiento de Leopoldo Calvo Sotelo




El fallecimiento de Leopoldo Calvo Sotelo, primer presidente de la democracia española que nos abandona, ha despertado muchos comentarios de todo el arco político.
Nos limitamos a traer aqui un artículo que Calvo Sotelo publicó en la tercera de ABC en diciembre de 2005.

La segunda

transición

Leopoldo Calvo-Sotelo

Hemos venido llamando Transición al proceso que nos permitió sustituir el régimen de Franco y su centralismo autoritario por una Monarquía parlamentaria y el Estado de las autonomías.

Con la Transición quedaron atrás, muchos creímos que definitivamente, un par de siglos de fracasos, de dictaduras y de discordias civiles; España dejó de ser, muchos creímos que definitivamente, un problema congénito que esperaba su solución de Europa y pasó a ser un modelo de solución para muchos países europeos y de otros continentes que accedieron a la democracia en la última década del siglo XX.

A la vista de este éxito rotundo y brillante han ido apareciendo políticos que intentan ocupar la prestigiosa marca «Transición» con ideas o proyectos a los que dan el nombre de segunda transición. No es que me hiera la usurpación por unos recién llegados de una marca política prestigiosa, pero sí me irrita y me preocupa que bajo el rótulo de segunda transición se intente pasar una extraña y confusa mercancía que traiciona la esencia misma de la primera.

La desnaturalización empieza por las bases históricas de nuestra convivencia política, desarrolladas a lo largo de la Transición y cifradas en la Constitución de 1978. Todo edificio constitucional tiene sus cimientos históricos y los del nuestro son los llamados valores de la Transición: la Monarquía, el espíritu de reconciliación nacional, el propósito de no repetir los errores del pasado, la voluntad de mantener un sólido consenso en las cuestiones fundamentales.

Han pasado treinta años y creíamos haber integrado y asumido ya aquellos valores, con la tradición política que arranca de ellos -desde UCD y la alta figura fundacional de Adolfo Suárez y, luego, la prudente pasada por la izquierda de Felipe González, hasta los años prósperos de Aznar.

Muchos creíamos, y vuelvo a utilizar el pretérito imperfecto, que la Transición es, por fin, un referente aceptable para todos los españoles sobre el que asentar el futuro con los necesarios ajustes no esenciales. Un referente que tienen otras naciones (eso son los Padres Fundadores para los norteamericanos, o la etapa victoriana para los ingleses, o el General De Gaulle para los franceses). Y así muchos hacíamos nuestra la respetuosa ironía con la que Umbral ha acuñado el epíteto Santa Transición.

Pero he aquí que la izquierda, vencedora relativa en Marzo de 2004, no se limita al ejercicio normal de una alternativa de Gobierno, sino que, ignorando aquellos valores que muchos habíamos creído asentados, propone una segunda transición y parece como si quisiera edificar el futuro de España sobre los cimientos de la II República.

Es muy significativo, en efecto, que el preámbulo del proyecto de Estatuto catalán, que hoy se discute en las Cortes con el apoyo del Gobierno, cite dos veces la Generalidad de la II República y ni una sola vez la Constitución de 1978; o que cuando se decide a escribir el nombre de España lo haga pegándolo al epíteto de Estado plurinacional. Así como el famoso Proslogion de San Anselmo arranca de la blasfemia religiosa Non est Deus, Dios no existe, para refutarla contundentemente, la nueva transición española parece arrancar de la blasfemia histórica Non est Hispania, España no existe: Sintámonos convocados a refutarla contundentemente también.

Acaba de ver la luz un excelente libro del profesor Álvarez Tardío titulado «El camino a la democracia de España». Trae un prólogo de Rafael Arias Salgado cuyas últimas palabras -que suscribo íntegramente- son éstas: «Habrá que ahondar en la crisis intelectual y programática de la izquierda democrática. Es ella (la izquierda) la que debe renovarse antes de pretender suscitar una segunda transición para modificar las instituciones y las reglas de juego que emergieron de la primera». Y en el texto que sigue el profesor hace un análisis comparativo y riguroso de las dos transiciones políticas del siglo XX: la de 1931, cuya deriva condujo en cinco años a la guerra civil, y la de 1978 cuyo éxito nos ha dado hasta hoy los treinta mejores años de nuestra historia contemporánea. Atribuye el autor el fracaso de la primera al hecho de que sus protagonistas concibieran la democracia como «un sistema político al servicio de un objetivo de transformación revolucionaria de la sociedad española»; y el éxito de la segunda al hecho de que sus protagonistas entendieran desde el principio que «nadie podía arrogarse en exclusiva el título de demócrata, por lo que la participación de todos era imprescindible para elaborar las reglas del juego de una democracia duradera»; y practicaran, además, la «renuncia expresa a defender una memoria histórica que condujera nuevamente al enfrentamiento civil entre españoles».

¡Qué disparate volver la vista con nostalgia desde los brillantes años con los que empieza el siglo XXI hasta los sombríos años treinta del siglo pasado!

Algunos tuvimos el privilegio de saber esto muy pronto. En 1943 me afilié a las Juventudes Monárquicas de Joaquín Satrústegui porque en aquellos tiempos, tan próximos a la guerra civil, decirse partidario del Conde de Barcelona era decir que no se estaba ni con el franquismo triunfante ni con la República derrotada. O, en palabras de Julián Marías, que no se estaba ni con los justamente vencidos en la guerra civil ni con los injustamente vencedores en ella. El Conde de Barcelona propugnaba entonces una tercera vía: la que iba a hacerse realidad, es cierto que muchos años más tarde, en la Monarquía Parlamentaria de Juan Carlos I.

Nada tiene mucho sentido en esta que se proclama segunda transición. Al cumplir treinta años la España de la primera Transición es un país sólido (así lo calificó el presidente Pujol la semana pasada en Madrid) lo bastante sólido para navegar -si gobernado por un buen piloto- este mar de dificultades en buena parte exageradas, cuando no inventadas, que parece amenazarnos.

Nunca segundas partes fueron buenas. Suele citarse como excepción que confirma esta regla el caso de la segunda parte de El Quijote; y, precisamente, al final de ella incluyó Cervantes una copla dirigida a quienes pretendieron ocupar la marca prestigiosa por él registrada. Voy a reproducirla como colofón de estas líneas poniéndola, sin su permiso, en los labios de Adolfo Suárez, autor de la primera Transición, y referida a ella:

«Tate, tate, folloncicos,

de ninguno sea tocada;

porque esta empresa, buen rey,

para mí estaba guardada».

Diciembre de 2005