viernes, 18 de julio de 2008




















Anoche, en el estadio Bernabeu, el Boss hizo vibrar a sus oyentes.

Los rugidos del Boss estremecieron Madrid

A sus 58 años Springsteen no dio muestras de flaqueza

y sometió a su feliz audiencia a una dura prueba de resistencia

  • EFE

Cuerda para rato

EFE MADRID

Bruce Springsteen rugió la historia del rock and roll esta noche en Madrid y le robó el aliento a las 60.000 almas congregadas en el estadio Santiago Bernabéu.

Fue durante un concierto de tres horas, intenso, electrizante, en el que recorrió de norte a sur más de 35 años de carrera, junto a los músicos con los que ha envejecido sobre el escenario, la E Street Band.

A sus 58 años y con medio centenar de conciertos acumulados desde que en febrero pasado inició la segunda parte de su gira mundial, el Boss no dio muestras de flaqueza y sometió a su feliz audiencia a una dura prueba de resistencia.

Concierto irrepetible

Esta noche demostró que con el tiempo su voz ha ganado en profundidad, que a estas alturas puede acometer cualquier pieza de su extensa producción y que aún tiene ganas de mezclarse con sus seguidores, e incluso de arrojarse sobre ellos.

Fue un concierto irrepetible, como todos los de esta gira, en la que cada noche va cambiando el repertorio, da igual en qué lugar sea el concierto.

En el Bernabéu abrió pasadas las diez de la noche con Night, uno de los temas menos conocidos de unos de sus álbumes más célebres, Born to run.

No faltaron los grandes éxitos, claro, pero en Madrid brillaron especialmente canciones poco habituales, rarezas como Trapped o la celebradísima Out in the street, de The River, y una magistral Spirit in the night, en la que el Boss se lanzó desde el escenario hacia su público, como hacía en los conciertos de los setenta.

Springsteen soltó una descarga de energía nada más salir a escena. Encadenó "Radio nowhere" -el tema estrella de su último álbum, Magic-, con Lonesone day, The promised land y una demoledora versión de Summertime blues, de Eddie Cochran.

Después de darse aire con un abanico que le entregó un espectador, tuvo tiempo ya de saludar, en español, -"Hola, Madrid. Es genial estar de vuelta con mis amigos"- y felicitar a "los campeones de la selección española".

En sus excursiones a las primeras filas de la pista recogió carteles con peticiones de canciones. Entre ellas eligió Brilliant disguise -con beso final a su chica, la vocalista Patti Scialfa- y Cover me, y no se puede decir que fueran malas elecciones.

Enlaces recomendados

· El Boss devora San Sebastián

Al fondo del escenario, Max Weinberg volvió a impartir una clase magistral, marcando las pulsaciones del concierto. Este hombre tiene cara de no haber roto un plato en su vida, pero si en vez de tambores aporreara un yunque saltarían herraduras.

Reivindicaciones sociales

Casi todos los miembros de la banda tuvieron su momento en la noche. Clarence Clemons parecía rejuvenecer cuando se apoderaba de los focos con su saxo y Nils Lofgren se marcó uno de los solos de guitarra más largos del mundo en Because the night. Steve Van Zandt era reclamado por el Jefe a cada rato para compartir micrófono con él.

Esta vez sonó The river y el público se emocionó con la intensidad con la que cantó Springsteen.

La presencia de Magic se ha reducido en la segunda parte de la gira y hoy apenas sonaron cuatro temas del álbum. Al presentar uno de ellos, "Living in the future", el músico norteamericano aprovechó para proclamar que en su país ha habido "un recorte de los derechos civiles" y advertir: "Tenemos que luchar".

60.00 almas

Con el público encendido con Badlands llegó la medianoche y el Boss y los suyos se marcharon, pero sólo un momento.

Los bises se abrieron con una memorable versión de Jungleland. Aún quedaba otra descarga de rock con Born to run, Bobby Jean y Dancing in the dark, tema en el que una afortunada fue invitada a bailar en el escenario con el Boss.

Cuando acabaron de sonar American land y una extensa versión del clásico Twist and shout era ya cerca de la una de la madrugada.

Cuando recuperen el aliento, las 60.000 almas congregadas esta noche en el Bernabéu podrán decir: "Yo estuve allí".

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martes, 15 de julio de 2008

ODIO AL CREYENTE







Artículo de Juan Manuel de Prada sobre odio al creyente

Odium fidei

En cierto pasaje de «El hombre eterno», Chesterton describe el clima cultural que

favoreció la primera persecución contra los cristianos. Un enjambre de religiones

extrañas convivían en el Impe­rio, tantas como para llenar un manicomio; y a todas

se les dejaba adorar libremente, con tal de que cumplieran con un requisito formal

de agradecimiento a la toleran­cia del Emperador, arrojando un poco de incienso

sobre su estatua. Pero entre todos aquellos adorado­res de religiones variopintas

había unos, proce­dentes de una secta oriental, que se negaban a incensar la

estatua del Emperador; y todas las reconvenciones que se les dirigían eran

pala­bras lanzadas al viento. Aquellos adoradores de un Dios resucitado, «chiflados

portadores de buenas noticias», empezaron a ser mirados con suspicacia, pronto

con franca animadversión; y un día cualquiera aquella cansada sociedad lle­vó a los

miembros de aquella secta oriental a la arena del circo, mientras ellos permanecían

en una ac­titud increíblemente serena. «Y, en aquella oscura hora —concluye Chesterton—,

brilló sobre ellos una luz que nunca se ha extinguido, un fuego blanco que se aferra a ese

grupo como una fosforescencia extraterrenal, ha­ciendo brillar su rastro por los crepúsculos

de la histo­ria: es el halo del odio alrededor de la Iglesia de Dios».

Esa luz que nunca se ha extinguido, esa fosforescen­cia extraterrenal (y no precisamente

divina) que en­vuelve como un halo a los cristianos se ha manifestado en diversos crepúsculos

de la historia bajo expresiones más o menos sañudas o sibilinas. Entre las sañudas, po­demos

referirnos —por ejemplo— a la que llevó hace se­tenta años a una parte del pueblo español a

destruir imágenes y profanar templos, a asesinar curas y1 mon­jas con bestial denuedo.


Entre las sibilinas, más pro­
pias de esta fase democrática de la historia, podemos

contar esta fiebre laicista de hogaño, empeñada en es­conder todo signo visible

de religiosidad, por conside­rar que hiere la sensibilidad contemporánea. Unas y

otras —las sañudas y las sibilinas— poseen rasgos an­ticlericales e iconoclastas;

pero anticlericalismo e iconoclasia no son sino desahogos —aspavientos furio­sos—

de otra pasión más turbulenta e inconfesable, el odium fidei, que ni siquiera es odio

contra la institu­ción eclesiástica (aunque, desde luego, lo incluye), sino más exactamente

odio ensimismado y frenético contra el creyente.

La fiebre laicista de hogaño adopta el lenguaje asép­tico propio de esta fase democrática

de la historia; pero, bajo su formulación de apariencia amable, en­contramos el

mismo odium fidei de siempre, la misma fosforescencia extraterrenal. A la pos­tre,

el laicismo reacciona ante la visión de un crucifijo como reaccionarían el conde Drácula

o la niña de «El exorcista», esto es, como poseído por una fuerza contraria a la que dicho

crucifijo representa. Y, para que no se le noten los des­arreglos que dicha fuerza le provoca,

el laicis­mo quiere retirar el crucifijo de la contempla­ción pública; pues sólo así podrá

seguir repre­sentando ante los incautos su papelón fingido de doctri­na pacífica y tolerante.

¿A quién puede injuriar la vi­sión de un crucifijo? No, desde luego, a quienes no ha­yan sido

educados en el cristianismo; pues, para estos, un crucifijo será como el monolito al que

adoraban los hombres de las cavernas, una figura carente de signifi­cado religioso en la que,

si acaso, descubrirán un senti­do histórico. Tampoco puede serlo para quienes, habien­do sido

educados en el cristianismo, no profesan ningu­na fe concreta; y aun me atrevería a decir que

para es­tos, como para León Felipe, el crucifijo puede compen­diar las más nobles vocaciones

del hombre («Los brazos en abrazo hacia la tierra,/ el astil disparándose a los cie­los»):

vocación de entrega y caridad, por un lado; voca­ción de misterio e infinitud, por otro. Nada

ofensivo, pues. El crucifijo, en fin, sólo puede injuriar a quienes desean que arrojemos incienso

ante la estatua del Em­perador. Las tres o cuatro lectoras que todavía me sopor­tan ya saben a qué

Emperador me refiero: los antiguos lo pintaban con cuernos y patas de chivo; y su luz, que

nunca se extingue, fosforescente y extraterrenal, se lla­ma odium fidei.


JUAN MANUEL DE PRADA



domingo, 13 de julio de 2008

MANUEL PIZARRO 1 DE 5

Comenzamos a exponer aqui 5 videos pequeños que componen la entrevista que ayer día 12 le hicieron a D. Manuel Pizarro en Television Intereconomía. A dicha entrevista estaba también convocado el Ministro Sr. Solbes que no acudió.

MANUEL PIZARRO 2 DE 5

Incluimos aquí el video 2 de 5 de Manuel Pizarro.

MANUEL PIZARRO 3 DE 5

Metemos el video 3 de 5.

MANUEL PIZARRO 4 DE 5

Traemos el video 4 de 5

MANUEL PIZARRO 5 de 5

Ayer, día 12, en Televisión Intereconomía le hicieron una entrevista a D. Manuel Pizarro, que reproducimos aqui en 5 pequeños videos. Este es el 5 de 5

sábado, 12 de julio de 2008

LA CULTURA DE LA MUERTE LA EUTANASIA



















Del blog La opinion de un ciudadano he tomado el siguiente texto relativo a la eutanasia

E l doctor Luis Montes ha distribuido en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, de Santander, un manifiesto para pedir la legalizaciòn del "suicidio asistido" y la eutanasia activa. El manfiesto acaba con una frase de la Biblia (del enemigo, el consejo): "Todo tiene su tiempo… tiempo para nacer tiempo para morir"


Hace un año, después de que el doctor Montes fuera imputado por supuestas sedaciones irregulares en el Servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés a finales de 2003 y principios de 2004, el juez dictaminó "mala práctica médica" pero archivó el caso por falta de pruebas: no se puede probar el delito por no haber autopsias. "Varios pacientes han muerto tras mala práctica médica a la hora de sedarles", señala, pero «hay una duda que no puede despejarse: los pacientes pudieron morir o por la sedación indebida o por su enfermedad inicial y esto, para exigir responsabilidad penal, ha de quedar claro». En ese momento, en que Montes fue arropado incluso por el presidente del gobierno, intenté encontrar en la red qué pensaba el Doctor Montes de la Eutanasia. Tarea imposible. Esos años, incluso los meses posteriores al sobreseimiento del caso, en que las sedaciones terminales olían a práctica de eutanasia, eran tiempo de callar. Hemos tenido que esperar un año para que Montes se quitara la careta y dijera sí a la Eutanasia.

Dice el Doctor Montes en su Manifiesto quiere que haya debate y que hay tiempo para nacer y tiempo para morir. Pero morir es distinto de matar. Eutanasia es matar y sobre todo, involucrar a un tercero en tu muerte. Por motivos supuestamente humanitarios, con aceptación del paciente, pero al fin y al cabo, matar. Si hablamos con rigor hay más posibilidades de llegar a la verdad en el debate.




viernes, 11 de julio de 2008

GRAMÁTICA








Don Francisco Rodríguez Adrados nos recomienda el estudio de la Gramática:

Estudien gramática,

señoras y señores

... «Los miembros» de un partido o grupo son hombres y mujeres, forman simplemente un conjunto, ese masculino no es machista. No sean tan susceptibles por un malentendido, señoras. No se puede improvisar sin base social y sin conocimiento.

LA ministra Aído se ha ido un poco de la len­gua con ese invento de «las miembras». Es parte del invento feminista, que hasta apo­yan algunos hombres: intentan, y a veces Ib con­siguen, suplantar al verdadero creador y mante­nedor de la lengua, el pueblo español.

El invento es más o menos esto: todo nombre substantivo tiene o debe tener, creen las promoto­ras del invento, una variante masculina en —o y una femenina en —a; y esas marcas de género son interpretadas como marcas de sexo. De ma­cho y hembra, hablemos claro.

Esta es la teoría, bien diferente, muchas ve­ces, de la lengua común, la que hablamos. En es­ta, a veces ello es así, el lobo y la loba marcan gé­nero y sexo. Pero a veces no, la zorra y el murciéla­go indican indiferentemente el macho y la hem­bra, igual el zorro, la rata, el ratón. Son los nom­bres epicenos. Ni —o es exclusivamente masculi­no, ni —a es exclusivamente femenina. Y mil pa­labras en —n, —r, —s, por ejemplo, pueden ser o masculinas o femeninas y marcar sexo o no. Ex­clusivamente femenino, indicando al tiempo sexo, es el sufijo —esa (duquesa, princesa), un sufi­jo griego, ya ven.

En fin, dentro de lo humano, el crear una va­riante de hombre y otra de mujer, es mil veces in­necesario, puro engorro.

En español, como en casi todas las lenguas in-doeuropeas-de Europa y Asia que conservan los géneros masculino y femenino (los han perdido, entre otras, el inglés), esos dos géneros poco tie­nen que ver con el sexo: la —o y la —a pueden ser no sexuales (el banco y la banca, el barco y la bar­ca). Y las cejas, los labios, las espaldas, los miem­bros (¡!), y sus singulares, son de hombres y muje­res, también, a veces, de animales de cualquier sexo.

Al revés: algún órgano propio del sexo femeni­no termina en —o, es bien notorio, y hay órga­nos masculinos en —a (no vamos a decir el pollo aunque el inglés diga the cock).

Ignacio Bosque me decía que en la Sintaxis que prepara la Academia cientos de páginas in­sisten en que sexo y género son cosas diferentes. la marca del sexo en nuestra lengua, a través de los géneros, es irregular y deficiente. El mas­culino puede llevar —o o—a y marcar o no mar­car el sexo, uno u otro sexo. Hay el niño y la niña, sí, y aquí la concordancia (el artículo y el adjeti­vo) subrayan el género, que indica sexo en este ca
so, en otros no. Pero los niños implica los dos sexos, suma de niños y niñas. En el artista y la ar­tista, el poeta y la poeta, solo la concordancia defi­ne género y sexo. hay las mil palabras que vienen de la tercera declinación latina y no tienen género sino con
ayuda de la concordancia (el/la estudiante, pero los estudiantes). A veces se ha introducido, secun­dariamente, un femenino con —a (lajueza, pero la gente en general prefiere la juez). Ven el com­plejo panorama.

Complejo panorama que viene de una comple-

ja historia, imposible explicarla aquí: hay que aceptar sin más lo que nos ha traído, solo míni­mos retoques pueden introducirse, véase luego. No este. Miembro viene del latín membrum, del gé­nero neutro, el que no marca «ni lo uno ni lo otro». Resto, los neutros, de una época arcaica en que la lengua tenía un género animado y uno in­animado. Este último se conservó a veces cuan­do, en fecha posterior, el animado se escindió en masculino y femenino: a veces sexuales, a veces no, no es fácil averiguar por qué. Pero con toda clase de irregularidades en lo formal y lo semán­tico.

Una parte de estos nombres que llamamos masculinos no eran ni sexuales ni genéricos. Tie­nen dos sentidos. Uno general, heredado, así el ni­ño en sentido general: la vecina ha tenido un niño, no indicamos el sexo, los niños (= niños + niñas) en plural. Otro sexual, el niño por oposición a la niña. Son dos usos que hacen mal los gramáticos llamando a ambos «masculino». O sea, no es-que el masculino «invada» al femenino, es que hay un masculino general, indiferente al sexo, y un mas­culino sexuado, que históricamente procede de una polarización frente al sexo femenino.

Este es el nuevo género-sexo que se creó: el feme­nino fue el verdadero invento, el punto de par­tida para oponerle un masculino. En el tercer mi­lenio antes de Cristo. Perdura en español y en mu­chas lenguas.

Pero fue una sexualización solo parcial. Si aho­ra alguien cree que todo masculino es macho y que a cada uno hay que oponer, inventándolo si es preciso, un femenino-hembra, está sexualizando la lengua, llevando el sexo a todas partes: a donde la lengua, muchas veces, no lo lleva. Crea Des­igualdad (todo es macho o es hembra), la lengua a veces mantiene la Igualdad, ignorando el sexo.

El español y otras lenguas han heredado un es­tado antiguo, en el que masculino y femenino a veces nada tienen que ver con el sexo. Y en el que no existe regularidad formal para expresar el masculino o femenino ni, menos, el macho y la hembra.

Esto ocurre en español y en casi todas las len­guas indoeuropeas de Europa. Salvo en las que, co­mo el inglés, eliminaron en un momento dado su masculino y femenino medievales (el sexo lo mar­ca ahora raramente mediante recursos nuevos). Ycomo el inglés no tiene género gramatical, la pa-labragender no indica nada gramatical y queda li­bre para especulaciones sexuales. Aquí en Espa­ña llaman género, incorrectamente, al sexo, mal-traduciendo gender. Ya sé que el género es difícil: el que quiera entenderlo, que estudie gramática, el que no, que hable simplemente nuestra lengua. Esta conserva cosas surgidas en otras edades y que hemos de aceptar como hechos crudos. La creación de esa oposición masculino/femenino, muy compleja, en el tercer milenio antes de Cris­to, dejó vivas formas que no entran en la oposi­ción de género ni menos en la de sexo.

No hagamos una nueva regulación pansexua-lista, con el macho y la hembra reflejándose siem­pre en la lengua con formas regulares. ¡Qué obse­sión! Esto no es así. Y lejos de llevar a la igualdad, lleva a una visión de la lengua y el mundo escindi­da siempre en dos sexos. Sin embargo, a veces el macho y la hembra son simplemente humanos.

No cometamos este error, no inventemos un nuevo esperanto.

Pero la lengua no es inmutable, digámoslo por si es un consuelo.

Cuando la evolución social ha hecho crecer el papel de las mujeres en ciertos sectores, junto al uso genérico no sexual tiende a crearse uno sexual: la ministra, la secretaria.

No sin problemas: muchas mujeres prefieren ser lla­madas médico y no médica, poeta y no poetisa. Y no se pueden crear a tontas y a locas femeninos que la sociedad no reclama.

Ni negar el uso no sexual, común, y sustituir los funcionarios por los funcionarios y las funcio­narías, esto es tonto e inútil, destroza la econo­mía de la lengua. Es grotesco.

Más podría añadir. En todo caso, miembro no cabe en el esquema del cambio, no hay base so­cial alguna. Los miembros de un partido o grupo son hombres y mujeres, forman simplemente un conjunto, ese masculino no es machista. No sean tan susceptibles por un malentendido, señoras. No se puede improvisar sin base social y sin cono­cimientos.

Lean gramática antes de hacer prédicas, Sras. y Sres. No juzguen ni decidan tan deprisa, no va a seguirles nadie. En la jungla del género y en la del sexo, solo en parte la misma, no introduzcan especies raras, plantas artificiales e innecesa­rias. Un estorbo más bien. Puro sexismo.

FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS

de las Reales Academias Española y de la Historia

jueves, 10 de julio de 2008

DEFENSA DE LA LENGUA COMUN







Traemos aquí un interesante artículo de D. Pedro González-Trevijano, Rector de la Universidad Rey Juan Carlos, relacionado con la lengua común.

El porqué

del Manifiesto

... Estas dos son las razones que justifican su respaldo. La primera, el derecho de todo español, con independencia del lugar de residencia, a utilizar el castellano, en tanto que lengua común y oficial del . Estado. La segunda, la violación flagrante de la Constitución y las leyes. Todo lo demás ni es la cuestión en litigio ni se encuentra en peligro. ¡No nos dejemos confundir!...

LA noticia más sobresaliente de los últimos días es la presentación del Manifiesto por la Lengua Común en el Ateneo de Madrid. Una acción avalada por una pléyade de destacados inte­lectuales de las más variadas ramas del conoci­miento. Una pertinente proclama en defensa del de­recho de todo español al uso del castellano como lengua común. Un ejemplo de lo que se echa en fal­ta en esta languideciente España constitucional: la participación decidida de una diletante sociedad civil y un compromiso comprometido de sus inte­lectuales, al que se han ido adhiriendo, paulatina pero imparablemente, personas de toda condición. Por más que, como era tristemente previsible, lo que debía ser una «política de Estado», ha termina­do, por razones partidistas, por politizarse. No pue­de entenderse de otra forma que despierte recelos el derecho de usar el castellano como lengua co­mún y oficial, el derecho de los ciudadanos que lo deseen a ser educados en lengua castellana, el dere­cho en las Comunidades bilingües a ser atendidos institucionalmente en las dos lenguas oficiales, la posibilidad de rotular los edificios y vías públicas en ambas lenguas y la acción de los representantes políticos a utilizar el castellano en sus funciones institucionales.

Los Manifiestos —cualquiera que sea la denomi­nación—siguen pues bien presentes. Desde los más religiosos, como los Diez Mandamientos de Moisés del Monte Sinaí y las Bienaventuranzas del Sermón de la Montaña, hasta las proclamas revoluciona­rias del siglo XVIII: laDeclaración de Independencia americana en 1776 o la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Sin ol­vidar el Manifiesto Comunista de 1848 o, entre noso­tros, el Manifiesto de Manzanares de Cánovas del Castillo en 1854, el Manifiesto Andalucista de Córdo­ba de 1919 o élManifiesto de los Intelectuales Españo­les en Defensa de la II República en 1931.


He leído toda clase de argumentos sobre nues­tro Manifiesto por la Lengua Común, y su justi­ficación me parece oportuna. Llevamos demasia­dos años avalando, ya sea por activa concesión o por pasiva dejación, un arrinconamiento del caste­llano como lengua común en muchos lugares de Es­paña. Lo que comenzaba tolerándose en Cataluña y el País Vasco finalizaba por extenderse mimética-mente a Galicia e Islas Baleares, y no sé lo que tarda­rá en suceder en la Comunidad Valenciana. Unos te­rritorios donde una excluyente política lingüística, ya sea defacto o de iure, ha cercenado la posibilidad real de su uso. Una lengua que se posterga en las Ad­ministraciones Públicas, se relega en la vida profe­sional, se desdeña en la actividad económica, se eli­mina de las calles y se posterga en la enseñanza. Ello con el beneplácito o la indiferencia de unos acomplejados poderes públicos nacionales incapa­ces de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes. Estas dos son las razones que justifican su respaldo. La primera, el derecho de todo español, con independencia del lugar de residencia, a utili­zar el castellano, en tanto que lengua común y ofi­cial del Estado. La segunda, la violación flagrante de la Constitución y las leyes. Todo lo demás ni es la cuestión en litigio ni se encuentra en peligro. ¡No nos dejemos confundir!

Nunca me he considerado lo que hoy denominan algunos interesadamente nacionalista español. Me siento español, mientras me siento simultáneamen­te riojano y andaluz, mis dos raíces familiares. No ejerzo perfil expansionista, ni fagocitador de nada. Tampoco anhelo jacobinamente uniformidades in­deseables. Me encuentro cómodo, dentro de las sin­gularidades de nuestros territorios. Viajo frecuen­temente al País Vasco y, sobre todo, a Cataluña, don­de disfruto de excelentes amigos y despliego relacio­nes institucionales fluidas. Y no he tenido nunca problemas para comunicarme en ningún estableci­miento comercial. Dichas sociedades, salvo excep­ciones, son mayoritariamente bilingües y toleran­tes. La exclusión proviene de cierta clase política.


Y, por lo demás, y a pesar de los excesos en la construcción del Estado de las Autonomías, re­conozco sus bondades. Basta con pasear por nues­tras ciudades para percibir su desarrollo económi­co, mientras soy un convencido de la riqueza cultu­ral de las lenguas de España. Me encantan, por ejemplo, la prosa de Alvaro Cunqueiro y los poemas de Pere Gimferrer. Aunque no pueda desconocer ciertos excesos: la rácana postergación de los ele­mentos comunes y la exaltación de los nimios dife-renciadores, las burdas y graves deslealtades de al­gunos, la abdicación de las potestades estatales, las injustificadas duplicidades administrativas, la hi­pertrofia autonómica institucional y sus altos cos­tes económicos. Pero aun así, las cosas no han fun­cionado mal, por más que siga pendiente la necesi­dad de cerrar el múdelo de Estado —tras la reforma de la Constitución—, pues no hay sistema político que soporte las tensiones de las inagotables recla­maciones centrífugas competenciales. Pero ésta es otra cuestión.

Dicho esto, tampoco está en juego la superviven­cia del castellano. Una lengua libre y cosmopolita hablada por casi 450 millones de personas en todo el mundo. Basta con desplazarse a México, ir a Brasil, acercarse a las más prestigiosas universidades americanas, estudiar en centros europeos de exce­lencia, incluso desplazarse a China y la India, para constatar su fortaleza presente y su mejor futuro. La reciente creación del Centro Internacional del .Español en Comillas así lo atestigua. «El español —ha dicho Cees Nooteboom— es un idioma enor­me». Aquí lo que está en juego es diferente.

Nos referimos a otra cosa: a la tutela de un derecho que afecta a personas, a una libertad individual de naturaleza constitucional. Así se prescribe en el artículo 3.1 de nuestra Carta Magna de 1978 – siguiendo la progresiva estela de la Constitución de la II República—: «El castellano es la lengua españo­la oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla». Una regu­lación que debía satisfacer, como indicó pronto el Tribunal Constitucional, el deber individualizado de conocerlo y la presunción de que todos los espa­ñoles lo conocen (STC 82/1986). Una realidad im­practicable para muchos padres que no pueden esco­ger la lengua común en que educar a sus hijos, la cre-

cre­ciente imposibilidad práctica de su ejercicio en la vi­da oficial y su defectuoso conocimiento por los jóve­nes. Un derecho afectado por una política lingüísti­ca excluyente. Una «acción de falsa normalización» políticamente ruin, económicamente disparatada, socialmente injusta y educativamente suicida.

En tal contexto, el castellano no puede desple­gar su función de lengua vehicular común, de ex­presión normal entre los ciudadanos y sus Admi­nistraciones públicas. Al tiempo que exterioriza la incapacidad del Estado para cumplir otro mandato constitucional: el aseguramiento del principio de igualdad de todos los españoles (artículos 14 y 149.1.1 CE), lo que provoca que las familias que lo de­seen no puedan escolarizar a sus hijos en nuestra lengua común. Una circunstancia especialmente grave para quienes disfrutan de escasos recursos económicos. ¡Los derechos son de las personas, no de las lenguas ni de los territorios!


La segunda razón para avalar el Manifiesto es lo que supone de denuncia de reiterada infrac­ción de la Constitución y las leyes. Los ciudada­nos y los poderes públicos están sometidos, como dice el artículo 9.1 de la Constitución, a lo dispues­to en ellas. Especialmente estos últimos, con «un deber positivo de los titulares de los poderes públi­cos de realizar sus funciones de acuerdo con la Constitución» (STC 101/1983). Montesquieu seña­laba la importancia de su respeto: «La libertad es el derecho a hacer todo lo que las leyes permiten, de modo que si un ciudadano pudiera hacer lo que las leyes prohiben, ya no habría libertad, pues los demás tendrían igualmente esta facultad». De es­to es de lo que hablamos.

PEDRO GONZALEZ-TREVIJANO

Rector de la Universidad Rey Juan Carlos